¿Porqué no cambiamos?

 

No creo en la felicidad. Pero quiero despojarme de esta tensión, de tanta vigilancia. Estoy fatigada de todas esas historias edípicas, del odio espantoso de padres e hijos, estoy cansada de tanta interpretación sexual. Quiero vivir con naturalidad, limitarme, señalarme objetos posibles y luchar por ellos. Quiero liberarme del horror sin semejanzas de mi <amor imposible>. Quiero, en suma, aprender muchas cosas, sobre todo, a escribir y a pensar.

Alejandra Pizarnik, Diarios.

 

¿Porque no cambiamos?

 

Me estaba probando ropa en un local de segunda mano, nada me entraba, o los talles eran muy grandes o muy chicos. Mi amiga me advirtió de esta situación y agrego en chiste: “Tenes un cuerpo raro!”. O por lo menos yo lo tomé en chiste. Tengo dos manos, con 5 dedos, dos piernas, piel, pelo en la cabeza, y aunque mi altura sale un poco del promedio, no creo ser el único ser humano de 188 cm cuando esta erguido.

 

Para charlar de algo (como del clima) le comenté esta situación de probadores a una chica que conocí esa misma tarde, y me pasó a informar lo que parecía había decidido ya hace un tiempo para su vida, no comprarse más ropa.

 

Confieso que en ese mismo instante una parte de mí se preguntó cómo hace ella entonces para vestirse. Tenía ganas de que me enseñe qué otras formas hay para andar bien vestido, como a gusto con uno mismo, sin tener que pasar por el estrés de probarse ropa.

 

De golpe me pareció un poco exagerado seguir agrandando el asunto. Desistí de pedirle su asesoramiento. Pero me animé a compartirle mi reflexión: nos angustian los moldes.

 

Moldes, interpretaciones, etiquetas, diagnósticos… en fin… son categorías que con cierta lógica creamos en nuestro pensamiento para ordenar la realidad. La naturaleza no posee en si misma esas categorías. Simplemente se expresa como lo que es. Y es nuestro intelecto que la ordena en base a ideales. Por más que experimentemos cierta satisfacción al momento de encajar en algún molde que ajuste bien a lo que somos… sea este un talle xl o que los cancerianos son hogareños. La categoría que sea, a la larga, ajusta.

 

Moldear, interpretar, etiquetar, diagnosticar…. Nombrar la cosa. Recurrir a un diccionario que la defina. De-fina. Le dé un fin. Me limite la cosa. Me diga lo que es y lo que no es. Me gustaría contar que quid la raíz de que en latin significa: su punto más importante, la esencia de algo. Nos remite a un mito, a un ideal. Algo estanco, definido y ajustado.

 

Algo que no cambia.

 

Lo mismo que hacemos con las cosas, etiquetarlas o definirlas, lo hacemos con las personas y con nuestras sensaciones. Decimos: “esta es una persona ansiosa” o “inmadura” y también nos decimos “de lo que sufro es ansiedad”, por ejemplo.

 

Pero veamos, lo que buscamos cuando nos acercamos a algo terapéutico es el cambio personal, ¿cierto? todos estamos de acuerdo con eso. Pero la psicología no siempre ha estudiado cómo hace la gente que cambia. Más bien ha buscado la causa profunda de nuestro padecer enmarcándola en algún sistema de referencia. Por ejemplo… El complejo de Edipo o Electra, basadas en tragedias griegas. El problema no es solo que nos identificamos a una tragedia. El problema es que nos identificamos.  Y al hacerlo nos volvemos estáticos.

 

Las investigaciones dentro de la Psicología Humanista y existencialistas parecían arrojar que a más diagnósticos, conceptos e interpretaciones, menos cura. ¿Significa esto que saber la causa, etiología, preguntarse por el porqué de las cosas, imposibilitaría cambios? Lamentablemente si. ¿Pero cómo curar sin saber qué se cura? o ¿Cuál es la causa del padecimiento?

 

Allá por la década del 60, las investigaciones de Carl Rogers y Maslow, entre otros, pudieron visibilizar y nombrar esa parte del ser humano que vive en el permanente cambio. Le llamaron Tendencia Actualizante al impulso natural y adaptativo que tiende a actitudes más maduras orientadas a la socialización y autoconservación. Valoraron esta característica humana-animal como positiva, y con ello marcaron una distancia de la concepción humana de otras ramas de la psicología como la Conductista y la freudiana.

 

Al mismo tiempo, se empezó a saber que la psicopatología, aunque avanzaba en los diagnósticos, resultaba ineficaz a la hora de ayudar a sus “pacientes”.

 

Gendlin llamo “punto muerto” a aquello que no cambia en nosotros, eso que se percibe como un cierto patrón congelado de nuestra personalidad. Podemos analizar este patrón detalladamente y saber su causa, aislarlo en una categoría como “miedo a…” la podemos predecir en el tiempo “siempre me bloqueo cuando estoy por… porque…” o incluso, ya resignados, podemos recurrir a intentar adaptarnos a eso que no va a cambiar en nosotros. La interpretación, no asegura el cambio, y mientras más especializado el diccionario, más ardua la tarea.

 

Un punto muerto está cargado de las mismas palabras una y otra vez. Palabras éstas que vienen de afuera, me las dicen; o de adentro, me las digo; pero que han esencializado el asunto en cuestión. La fascinante “maquinaria interpretativa” puede ser muy tentadora, y son importantes por tanto revelan nuestra visión de la vida. Incluso cuando se nos convence de nuevas interpretaciones al asunto, tarde o temprano no encajamos, y refuerza, así, el sentimiento de inadaptación.

 

“Pero todo es antropología barata”, pensó Oliveira, consciente de algo como un frío en el estómago que lo iba acalambrando. Al final, siempre, el plexo. “Esas son las comunicaciones verdaderas, los avisos debajo de la piel. Y para eso no hay diccionario, che”

Julio Cortazar, Rayuela

Las expresiones de estos puntos muertos se reflejan en el lenguaje cuando decimos “debe” o “creo”…. “esto se debe a que mi luna en Escorpio” o “creo que ya pude superar esta relación…” “Esto siempre me angustia”. Sin saberlo, seguimos sin poder estar en contacto directo con esos avisos debajo de la piel, ese “frio en el estomago” que se refiere Cortazar, impedimos el cambio. El contacto directo se refleja en expresiones del tipo “yo siento…” “esto es…” y para Gendlin, esa diferencia verbal es una diferencia real.

 

Así, toda intervención terapéutica adecuada es aquella que no busca enseñar ni aportar interpretaciones, sino aquella que da el tiempo y permite la comprobación corporal de aquello que la persona dice o hace y, también, de aquello que escucha del terapeuta.

 

Premisa 1: “Momento a momento tras cualquier cosa que la persona diga o haga, se debe prestar atención al efecto que tiene sobre lo que se experimenta en forma directa”

 

Ya hemos dado un gran paso si podemos saltarnos la permanencia de interpretaciones. Si hemos podido autonombrar lo que se halla debajo de la piel, experimentaremos un cambio corporal, que dará paso a una reestructuración cognitiva. Hemos salido del punto muerto intelectual, pero podemos caer en uno emocional.

 

Todos experimentamos alguna vez una recurrencia de emociones; a esto Gendlin le llama permanencia de sentimientos. Se deben a la percepción de que éstos son estáticos, claros e inamovibles, sin ninguna matiz confusa. Están definidos con la fuerza de una etiqueta sobre ellos. Nos interrogamos y decimos: “es miedo!… ¿qué va a ser si no?”

 

“La experiencia humana nunca termina de completarse. Nunca es solo lo que aparece ante nuestros ojos. Nunca consiste solamente en meros elementos bien delimitados.” Gendlin.

Muchos métodos terapéuticos tienen formas de salir de estas emociones estáticas, algunas son más efectivas que otras, pero lo que Gendlin descubrió es que se pueden dar pequeños pasos experienciales en el cuerpo capaz de mover la experiencia humana hacia adelante. Para ello es clave no dar por sentado, por ejemplo, que el miedo es miedo, la angustia es angustia y nada más, es decir, permitirnos notar que las palabras no abarcan la totalidad del contendido al que me refiero. Sí, es miedo pero… allí por debajo… ¿hay algo más?.

 

Ese “algo más” es clave para Gendlin, ya que los pasos del cambio surgen de aquello no considerado por la etiqueta, de la matiz compleja de la misma, aquello todavía no articulado con palabras.

 

Premisa 2: “Toda experiencia o acontecimiento contiene movimientos implícitos posteriores. Toda experiencia puede ir más allá”

 

Si a eso que siento, me permito quitarle las definiciones o etiquetas previas, y así poder volverlo a nombrar, incluyendo aquello confuso, vago o que escapa de las etiquetas comunes, entonces sucede un cambio en lo que parece ser el contenido y esto se vivencia a nivel corporal. Aquí, la clave de una terapia exitosa.

 

Las condiciones del cambio

 

Las investigaciones de Rogers y Gendlin no solo contemplaban lo que hacen las personas que cambian cuando cambian, sino también el contexto que lo favorece. Cuando hablamos de contexto, nos referimos a las interacciones en una relación de ayuda terapéutica. Aunque puede aplicarse a todas las demás relaciones, por el hecho de ser relaciones entre personas que, por característica humana, son sujetos de cambio.

 

Pensemos sino en una típica relación madre-hijo. Al comienzo la relación está teñida del cuidado propio de un adulto que ayuda a criar. Pero luego, el niño ya adulto es otro adulto. Esto debería marcar un cambio en las comunicaciones e interacciones, pensando que la característica básica del adulto sano es la libertad y la autonomía, mientras que la del niño es de dependencia física y emocional. Las comunicaciones son diferentes en tanto que el niño va ganando autonomía y requiere, entonces, de más consensos y acuerdos en la relación.

 

Así como no siempre pasa que los padres perciben el cambio a adulto de su niño. Toda relación interpersonal debe gozar de un ingrediente esencial para que permita que las personas que la forman cambien, crezcan, se nutran y se logren los objetivos planteados. Sean estas relaciones pedagógicas, de negocios, de amigos, de pareja, etc.

 

El componente esencial es que la relación debe estar libre de amenazas. Las interpretaciones, juicios y etiquetas que tiendan a esencializar o marcar una persona, del tipo: “Sos ansiosa” “siempre haces lo mismo” son experimentadas con una cierta tensión, como leemos en las palabras de Alejandra Pizarnik, ya cansada ella de las interpretaciones y mitos que le impedían vivir con naturalidad.

 

Nuestra naturaleza compleja, interdependiente, organísmica, y dialéctica no requiere de las interpretaciones de un experto diccionario, sino de relaciones interpersonales sanas para poder madurar y desplegarse. Justamente este proceso, que Carl Rogers llamó convertirse en persona, ocurre en un ambiente psicológico adecuado y en cuya base radica la cálida consideración positiva del Otro, como persona distinta, digna de aceptación y respeto. Una relación en la que el otro pueda sentirse valiosa como persona por merito propio, independientemente de su condición, conducta o sentimientos.

 

Uno de mis apuntes de Counseling dice: “El hombre respetado como sujeto de derecho y promovido sin juicios previos hacia el reconocimiento y vivencia de su libertad, en una relación de respaldo, es capaz de desarrollar su tendencia realizadora.

 

Las investigaciones arrojan que el contexto y el cambio personal están muy ligados.  Ante un ambiente adecuado, el cambio personal es posible.

 

Aceptación, comprensión y autenticidad, son los tres aspectos que Carl Rogers le atribuye a una exitosa relación de ayuda.

Solía preguntarme: ¿Cómo puedo tratar, curar o cambiar a esta persona?, en tanto que ahora mi pregunta sería: “Cómo puedo crear una relación en que esa persona pueda utilizar para su propio desarrollo?”

Carl Rogers, El Proceso de Convertirse en persona.

 

Si la persona experimenta ser aceptada, comprendida y siente que el otro está siendo autentico consigo mismo en la relación, por tanto, no oculta nada; se le brindan las condiciones para que pueda autoexplorarse libremente. Esta libertad es muy importante en una relación de ayuda e indispensable. Sin la amenaza de los diagnósticos y etiquetas fijas, la persona puede empezar a nombrar su experiencia tal como él o ella la percibe, recurriendo a sus propias palabras y significados, ir mas dentro de si mismo, explorarse.

 

Al despojarnos de las etiquetas que provienen del exterior, nos animamos a autonombrar nuestra experiencia tal y como la sentimos. El contacto es directo. Sin intermediarios. Sin interpretaciones. Nos vamos comprendiendo más.

 

Si este post se te ha hecho muy largo... aquí lo esencial ⤵

Aplicación:

  • La escucha corporal debe estar libre de interpretaciones previas por parte del terapeuta y del consultante. Aquello que se cuenta del asunto (historia o interpretaciones) sirve sólo para conectar con eso, pero no produce cambios.
  • Debemos permanecer en silencio por unos segundos junto a aquello que sentimos confuso o incómodo. Permitir que la sensación sentida se forme. Ej: “siento algo incómodo y que vibra en el centro del pecho”
  • Esto facilita que la sensación se abra y revele nuevos significados, junto con el terapeuta, se buscan nuevas palabras, hasta encontrar aquellas que resuenen y que permitan capturar la complejidad de aquello que sentimos. “Es como algo atorado que intenta salir”
  • Cuando hayamos encontrado las palabras exactas sentiremos un leve alivio corporal. ¡El cambio ya comenzó!

 

 

Comentarios

Deja un comentario